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Full text of "Recursos para la Escuela Sabatica (2do. Trimestre 2008)"

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CASA PUBLICADORA BRASILEIRA 

COMENTARIO DE LA LECCIÓN 



Lección 11 

(7 al 14 de Junio de 2008) 

El poder de su resurrección 



Dr. José Carlos Ramos 



Introducción 

Alguien dijo en una oportunidad, y según mi modo de ver, sin exagerar, que todo de- 
pende de la resurrección de Jesús. Cristo podría ser Dios, como Él siempre lo ha sido 
y es; podría haberse sometido al proceso de la encarnación, vivido en forma humana 
sin pecado, predicado el mensaje del Reino y muerto en la Cruz, pero si no hubiera re- 
sucitado, todas las cosas que hizo no tendrían ningún provecho para nosotros. Nuestra 
vida, tal como la suya en la misión en esta tierra, acabaría en la tumba. "Y si Cristo no 
resucitó, vuestra fe es vana, y aún está estáis en vuestros pecados. Entonces también 
los que durmieron en Cristo estarían perdidos" (1 Corintios 15:17, 18). 

Sin la resurrección, el Evangelio, "poder de Dios para salvación" (Romanos 1:16) sería 
completamente ineficaz. Tal como dice Emile Brunner: "Sin el mensaje de la resurrec- 
ción de Jesús, el mensaje de su muerte redentora es nada". Y Pablo lo confirma: "Y si 
Cristo no resucitó, nuestra predicación es vana, y nuestra fe también es vana" (1 Corin- 
tios 15:14). "No habría ningún evangelio, ningún relato, ninguna carta en el Nuevo Tes- 
tamento, ninguna fe, ninguna iglesia, ningún culto, ninguna oración en la cristiandad 
hasta el día de hoy". 

En otras palabras, el cristianismo simplemente no existiría. 



La historia de la resurrección 

La Lección comienza afirmando que el judaismo y el cristianismo son las únicas reli- 
giones mundiales que admiten la resurrección. Ya que es tan trascendente, especial- 
mente para el segundo grupo, no sería de extrañar que el enemigo, en los mismos 
comienzos, procurara conspirar contra ella. Eso puede evidenciarse no sólo en el 
hecho de que la mayoría de las religiones paganas no admite la resurrección, sino 
fundamentalmente en el hecho de que, tanto entre los judíos como entre los cristianos, 
han ido surgiendo conceptos intentando desacreditar esta creencia. 

En el seno del judaismo, el diablo hizo surgir una secta conocida como la de los sadu- 
ceos. Estos negaban la resurrección (Lucas 20:27). Los saduceos conformaban la ma- 



1 Günther Bornkmann; Jesús of Nazareth; p. 181. 



yoría de los miembros de la casta sacerdotal del Templo, y fueron los responsables 
más directos por la condena de Jesús y los más acérrimos opositores a la predicación 
del evangelio, que anunciaba que Cristo había resucitado (Hechos 1 :1 , 2). 

En cuanto al cristianismo, la creencia en la inmortalidad del alma ganó un espacio sig- 
nificativo tan pronto como la apostasía se hizo realidad. Y si es verdad que esa filosof- 
ía no ha eliminado completamente la creencia en la resurrección (aunque ha abierto 
las puertas a la total negación de la resurrección sostenida por el espiritismo), es ver- 
dad también que la ha eclipsado, otorgándole un rol secundario. Si el hombre se va al 
cielo después que muere, ¿para qué necesitamos la resurrección? 

La Lección correspondiente al Lunes pregunta: "¿Por qué es tan importante la Resu- 
rrección para nuestra fe?". En otras palabras, "¿Por qué la resurrección de Cristo es 
tan crucial para la fe cristiana?". 

Pues bien, esta pregunta es parcialmente respondida en la introducción a este comen- 
tario. Y añado lo siguiente. Se nos ha dicho que Cristo logró "destruir por su muerte al 
que tenía el dominio de la muerte, a saber, el diablo" (Hebreos 2:14). Esto significa la 
salvación para el pecador. ¿No era entonces suficiente la muerte de Jesús? Evidente- 
mente, no. ¿Qué seguridad habría de que Jesús realmente había triunfado sobre la 
muerte si no hubiera resucitado? Si la muerte lo hubiera retenido en el sepulcro, 
¿cómo Él podía ser "la resurrección y la vida" (Juan 1 1 :25), el dador de la vida para los 
que creen? Si la resurrección de Jesús no hubiera ocurrido, toda la misión de su vida y 
el pleno propósito de su muerte habría sido en vano, y el proceso de la salvación sería 
una farsa. Además de eso, sin su obra mediadora, que ahora está ejerciendo en el 
Santuario Celestial, su sacrificio no alcanzaría el objetivo, y Él está cumpliendo con 
ese ministerio porque resucitó y ascendió al Cielo. 

"Pero lo cierto -dice Pablo- es que Cristo resucitó de los muertos, y fue hecho primicia 
de los que durmieron" (1 Corintios 15:20). El es el primer fruto de su propia victoria en 
la cruz. El destruyó el poder de la muerte, y eso hizo que la muerte fuera incapaz de 
retenerlo (Hechos 2:24). La resurrección, por lo tanto, reivindica todas las palabras y 
las obras de Cristo (en especial al obra del Calvario), y las comprueban como verdade- 
ras y eficaces. Así, es imposible exagerar la importancia de la resurrección de Cristo. 
Es la piedra fundamental de la fe cristiana. 

Además de eso, la resurrección es la prueba irrefutable de la divinidad de Jesús. Pablo 
declara que Él fue "declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de Santidad, 
por su resurrección de entre los muertos" (Romanos 1 :4). 

Para la iglesia apostólica, la resurrección de Cristo era una confesión de fe (Romanos 
10:9) que se expresaba a través de sermones, himnos y oraciones. Todo el Nuevo 
Testamento evidencia este hecho. El lugar central que la resurrección ocupa en 
Hechos, por ejemplo, ya se evidencia en el primer capítulo, donde sólo un testigo ocu- 
lar del Cristo resucitado estaba en condiciones de ocupar el lugar de Judas entre los 
doce apóstoles (versículo 22). Varios discursos y otros acontecimientos narrados en el 
libro son, frecuentemente, relacionados a la resurrección (2:22-36; 3:13-26; 4:2; 5:29- 
32, etc.). 



Dio poder a un movimiento 

La Biblia anuncia la resurrección desde las primeras páginas del Antiguo Testamento, 
pero es innegablemente el hecho de que Jesús efectivamente haya resucitado lo que 
reafirma y consolida definitivamente esta grandiosa verdad. No hay razón para el 
mínimo atisbo de duda de que Jesús resucitó, pues la trayectoria triunfante de la pre- 
dicación apostólica es una clara evidencia de ello. Desgraciadamente, en un mundo 
caracterizado por la incredulidad y el secularismo, hay una tendencia, cada vez más 
fuerte, y aún en los círculos religiosos, de rechazar la resurrección literal de Jesús, ba- 
sada en las conclusiones aportadas por el moderno criticismo histórico. Pero negarla 
es cerrar los ojos a la propia realidad del cristianismo. 

Todo aquél que se opone a la creencia en la resurrección debería reconocer que la 
existencia del cristianismo es ya una suficiente evidencia de que la resurrección de 
Cristo efectivamente ocurrió. Tal como Alan Richardson declara, "el evento de la resu- 
rrección puede explicar el origen de la fe cristiana, pero ¿cómo podríamos, al menos, 
explicar el origen de la creencia si mantuviéramos la hipótesis de un Mesías que sufrió 
bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, y cuyo cuerpo terminó en una 
tumba perteneciente a uno de los integrantes del Sanedrín? Los eventos preceden a la 
fe y explican su origen. LA fe no puede haber dado origen a mitos y leyendas sobre 
eventos ficticios. 



Proporcionó autoridad para testificar 

Es cierto que la razón no encuentra explicaciones para la resurrección, pues ésta se 
sitúa más allá de aquella. Pero no puede, igualmente, negarla sin trasponer los propios 
parámetros, sin ser incoherente con ella misma. A propósito de esto, George E. Ladd 
recuerda: "La fe en la resurrección, la seguridad de que Jesús estaba vivo, es un 
hecho de la Historia y aquellos que niegan que Jesús haya resucitado de los muertos 
sienten la presión de intentar explicar históricamente quién o qué fue lo que originó la 
creencia en la resurrección". 

¿Cómo puede ser que un pequeño grupo de discípulos amedrentados (ver Juan 20:1 9) 
de repente es arrebatado por un irresistible celo y, llenos de entusiasmo, dejan el refu- 
gio de las puertas adentro y osadamente salen a proclamar, con todo vigor y energía, 
una mensaje que podía costarles la vida? Y aún así, con la proclamación ¿podía haber 
abarcado un imperio tan poderoso como el romano? Para la mente que rechaza la re- 
surrección, ese admirable cambio de comportamiento es simplemente inexplicable. 

Únicamente la seguridad de que Jesús efectivamente había resucitado, que se encon- 
traba en el Cielo, velando por el pueblo y dotándolo de poder para testificar "de estas 
cosas" (Lucas 24:48), sumando a la inducción del Espíritu Santo, ¿podía llevarlos eso 
a que, en el lapso de treinta y pocos años, a proclamar, con total autoridad, el mensaje 
de la cruz "a toda criatura debajo del cielo" (Colosenses 1 :23)? 

Únicamente el hecho de que Jesús haya salido victorioso sobre su propia muerte, y - 
por lo tanto- sobre cualquier otro enemigo, es que podría capacitarnos a realizar las 
señales y prodigios que marcaron el avance triunfante del Evangelio alrededor del 
mundo. 



Cristo es llamado "primicia de los que durmieron" (versículo 20), precisamente porque 
su resurrección encabeza un gran número de salvados que disfrutarán una experiencia 
similar. Su resurrección es el Modelo para todos aquellos que lo vieron resucitar para 
vida eterna. Aún más, 'El entró. .."en el Cielo como nuestro "precursor" (Hebreos 6:20). 
Aquél que fue delante de nosotros para prepararnos lugar y entonces recibirnos (Juan 
14:2,3). 

Pero para que su resurrección sea también la nuestra, necesitamos ser solidarios co- 
mo Él lo fue en su muerte. ¿Y cómo es esto? 

Bueno, es aquí donde debemos considerar la resurrección de Cristo, además de un 
evento literal, una figura de las realidades espirituales vinculadas a la experiencia de la 
conversión. Tal como lo dice la Lección, "Para nosotros no hay peligro en aceptar la 
Resurrección como una metáfora, siempre y cuando tomemos la Palabra de Dios por 
que lo que dice". 2 ¿Y qué nos dice al respecto? 

Además de informarnos que Jesús realmente resucitó (esto es, la resurrección de 
Jesús es un hecho irrefutable), deja bien en claro que la experiencia auténtica de la 
salvación provista por el Evangelio está crucialmente relacionada, tanto con la muerte 
como con la resurrección de Jesús. 

Generalmente, el bautismo es considerado un símbolo de este doble hecho. Pero en 
realidad tiene mucho que ver más con la realidad que con símbolos. El bautismo no 
sólo representa, sino que también sella nuestra unión con Cristo por medio de la fe. En 
el momento en el que estamos unidos a Cristo, nuestra experiencia de salvación se 
vuelve real. 

Por ello, la resurrección de Cristo es esencial. "Porque así como hemos sido unidos 
con Él en una muerte semejante a la suya, seremos unidos también con Él en su resu- 
rrección" (Romanos 6:5). 

Pablo repitió esta realidad cuando le dijo a la iglesia de Colosas: "Sepultados con Él 
en el bautismo, fuisteis también resucitados con Él, mediante la fe en el poder de Dios, 
que lo levantó de los muertos" (Colosenses 2:12). La expresión "mediante la fe" indica 
que el bautismo, tomado meramente como un acto externo, no tiene valor, y que en 
realidad debe ser el fruto de la fe por la cual somos aceptados y justificados por Dios. 
Tal fe es salvífica porque, a semejanza de la fe que tuvo Abrahán, que creyó en el 
Dios que da vida a los muertos (Romanos 4:17, 19; Hebreos 12:17, 18) y fue justifica- 
do. Aquí también somos llevados a creer en el Dios que "levantó de los muertos a 
nuestro Señor Jesús, quien fue entregado por nuestros pecados, y resucitado para 
nuestra justificación" (Romanos 4:24, 25). 

Morir con Cristo significa morir al pecado (Romanos 6:1 1 ), para una condición de y su 
resultante conducta de rebelión contra Dios y desprecio por su Palabra. Es resucitar 
con Cristo renaciendo a una nueva vida de obediencia y sumisión a su voluntad, vi- 
viendo para la justicia (ver 1 Pedro 2:24). 



2 Roy Adams; Guía de Estudio de ia Biblia, ed. para maestros, p. 1 



Cuando Cristo murió en la cruz, el poder de la muerte llegó a su fin. Su resurrección es 
prueba de este hecho. El atravesó el "valle de sombre y de muerte" y salió victorioso al 
otro lado. El abrió el camino para la vida. Ahora todo lo que el pecador tiene que hacer 
es seguir los pasos del Maestro, esto es, morir con Cristo y resucitar con Él. Esta es la 
manera por la cual la victoria de Cristo se vuelve nuestra victoria. "Gracias a Dios, que 
nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo" (1 Corintios 15:57), exclama 
Pablo concluyendo así su abordaje de la resurrección final. 

En efecto, Jesús garantiza que aquél que cree, "yo lo resucitaré en el último día" (Juan 
6:40). 

¡Engrandecido sea su Nombre! 



Dr. José Carlos Ramos ' '%-#; •&., § 
Profesor de Teología 
Seminario Adventista Latinoamericano de Teología 
Univ. Adventista de San Pablo - Campus Engenheiro Coelho l^^— 1*^^ 




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